Placa de azulejos | Calle de Embajadores | Lavapiés - Madrid | Taller de cerámica de Alfonso Ruíz de Luna en Madrid

¿Sabías que la calle de Embajadores debe su nombre a la peste de 1435?

Placa de azulejos | Glorieta de Embajadores | Lavapiés - Madrid | Taller de cerámica de Alfonso Ruíz de Luna en Madrid
Placa de azulejos | Glorieta de Embajadores | Lavapiés – Madrid | Taller de cerámica de Alfonso Ruíz de Luna en Madrid

Juan II de Castilla, hijo de Enrique III ‘el Doliente’ y Catalina de Lancaster, gustaba de pasar grandes temporadas en la Villa de Madrid y, como era habitual antes de la capitalidad madrileña otorgada por Felipe II, donde estaba el Rey estaba la Corte.

Por eso aquí se encontraban algunas embajadas, entonces solo temporales, de varios reyes cuando Madrid, después de un año de grandes sequías, sufrió tremendas lluvias constantes, con enorme pedrisco,  que cayeron sobre la Villa y sus campos desde finales de octubre de 1434 hasta principios de enero de 1435, fenómeno que pasó a la memoria colectiva de los madrileños como ‘el diluvio’.

Tan prolongado y fuerte aguacero arrasó cosechas, anegó pozos, derribó casas, abatió lienzos de la muralla y desbordo el foso, mezclándose las aguas torrenciales con las aguas potables. Esto provocó el hambre y la sed. Y al fin la peste, tan endémica en la Europa Medieval.

Juan II, con su Corte, abandonó Madrid y se retiró a Illescas. Los embajadores del rey de Túnez, del rey de Navarra, del rey de Aragón, representado por Simón de Puy, y del rey de Francia, representado por Luis de Molin y Juan de Monais, arzobispo y senescal de Tolosa respectivamente, también la abandonaron,  en espera de poder partir a sus países, instalándose en un campo extramuros de la apestada villa.

El embajador de Túnez se instaló en la quinta de San Pedro; el embajador de Aragón en la casa de campo de Santiago el Verde, llamada luego Huerta del Bayo y después Casino de la Reina; el embajador de Navarra y los embajadores de Francia con él en otra finca cercana a ésta.

Se levantó una cerca para incomunicar este recinto diplomático de la población enferma a fin de prevenir el contagio de la peste. De ahí le vino el nombre de ‘Campo de Embajadores’ que con el paso del tiempo dio nombre a la histórica Calle de Embajadores, desde la Plaza de Cascorro al desaparecido Portillo de Embajadores, y a la Glorieta de Embajadores, como nos recuerdan sus placas de azulejos del taller de cerámica de Alfonso Ruíz de Luna en Madrid.

También dio nombre a la prolongación de la calle desde la glorieta, llamada Paseo de Embajadores, que llegaba hasta la Glorieta de Santa María de la Cabeza. Hoy se prolonga, ya como Calle de Embajadores, todavía más allá, hasta la Carretera de Villaverde a Vallecas.

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