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La tenebrosa leyenda de la calle de la Cabeza en Lavapiés

Placa, farola y balcón en una esquina de la calle de la Cabeza en Lavapiés (Madrid)
Placa, farola y balcón en una esquina de la calle de la Cabeza en Lavapiés (Madrid)

La calle de la Cabeza, entre la calle de Jesús y María y la calle del Ave María del barrio de Lavapiés, debe su nombre a una tenebrosa leyenda que data de los tiempos de Felipe III y que se contaba con temeroso recogimiento en los mentideros de la Villa y Corte, Madrid.

En ella tenía su residencia un clérigo, que gozaba de una buena posición económica, en compañía de un ama castellana y un criado portugués. Un aciago día, con el ama ausente para oír misa, el criado decapitó al sacerdote para robarle el dinero, las joyas y demás objetos de valor. Después cerró la casa con llave y se marchó a su país de origen, por aquel entonces parte de los reinos que conformaban el Imperio Español.

Cuando volvió el ama de su misa diaria no pudo entrar en la casa y pidió socorro a la Justicia. Se descubrió entonces el cadáver decapitado del sacerdote y el robo, pero no la cabeza. A pesar de las pesquisas realizadas para encontrar al fugitivo criado, presunto autor del brutal crimen, no se pudo dar con él y el crimen cayó en el olvido.

Algún tiempo después, cuando los ecos del brutal asesinato se habían acallado, el criminal criado regresó a la Villa y Corte creyéndose impune y seguro. Una mañana compró en El Rastro una cabeza de carnero envuelta en un saco.

Camino de su casa, un alguacil le detuvo para informarse del motivo del rastro de sangre que iba dejando a su paso. El confiado asesino respondió que era la cabeza de un carnero que acababa de comprar y para dar más fuerza a sus palabras sacó la cabeza del saco sangriento.

Sin embargo, el estupor se pintó en la cara de ambos, criado asesino y ministril pesquisador, cuando lo que apareció fue la cabeza del presbítero asesinado años antes. Repuesto de la sorpresa, el segundo procedió a detener al primero para entregarlo en la Cárcel de Corte.

Impresionado por el prodigio y atrapado por las pruebas, confesó el asesino su horrendo crimen y fue condenado a muerte, cumpliéndose la sentencia de decapitación en la Plaza Mayor de Madrid, como era costumbre en esa época.

Y para que quedará constancia de la Justicia Real y como ejemplo y aviso para criminales futuros, el rey Felipe III de Austria mandó colocar una cabeza de piedra en el lugar del horrendo crimen. Esta pétrea cabeza con los años daría su nombre a la actual Calle de la Cabeza.